Si hay un invento que demuestra que en España somos capaces de convertir la penitencia en una fiesta para el paladar, ese es la torrija. Pero antes de que se pongan estupendos con el azúcar y la canela, bajemos a la arena de la historia, porque el origen de este bocado tiene más de pragmatismo que de santidad.
Ya decía el escritor y periodista Julio Camba: "la cocina española está llena de ajos y de prejuicios religiosos". Y no le faltaba razón. Si hoy nos atiborramos a pan frito cuando llega la Semana Santa, se lo debemos en parte a Felipe II. Resulta que, en su empeño por darle palos al protestantismo, el buen hombre impuso una abstinencia que nos obligaba a estar a dieta de carne casi medio año. Y claro, con la orografía patria y el hambre apretando, hubo que tirar de ingenio, de bacalao y de ese "pan perdido" que llenaba el estómago cuando el filete era pecado mortal.
Pero no creáis que la torrija es un invento del Siglo de Oro. Los romanos, que ya sabían más por viejos que por latinos, ya le daban al tema. Marco Gavio Apicio, en su “De re Coquinaria” allá por el siglo I, ya hablaba de galletas de trigo bañadas en leche, fritas y regadas con miel. Lo mismo que ahora, pero con miel en lugar de azúcar (que era un lujo) y pimienta en vez de canela. Vamos, una torrija para legionarios curtidos.
Dando un salto en el tiempo, en el siglo XV, Juan del Encina recomendaba las torrijas para las parturientas. "Miel y muchos huevos para hacer torrejas", decía el hombre, convencido de que aquello era el mejor combustible para recuperar a una madre recién estrenada. Y de ahí a los recetarios de los cocineros de los Austrias, como Martínez Montiño, que ya en el XVII formalizó la receta para deleite de reyes y cortesanos.
Sin embargo, el punto más "canalla" de la historia de la torrija lo encontramos en el Madrid más castizo, concretamente en la Taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes. Allí, a doña Dolores Ugarte se le encendió la bombilla: empezó a servir torrijas como tapa para que su clientela, que bebía como si no hubiese un mañana, no terminara rodando por el suelo. La torrija no era postre, era un "parachoques" para las borracheras y curdas indeseables.
Fue tal el éxito que por allí se dejaban caer desde Alfonso XIII hasta Pío Baroja, Sorolla o Zuloaga. Y no nos olvidemos del "Madriles", aquel cochero de carruaje de caballos, que se metía sus vinos mientras la gente gritaba: "¡Al cochero lo que quiera y al caballo una torrija!". Que el pobre caballo "Chotis" también tenía derecho a su dosis de glucosa frita.
Así que, la próxima vez que le den un bocado a una torrija, recuerden que están ante un invento romano, un remedio para el postparto, un escudo contra la borrachera y el consuelo de los que no podían comer carne por orden real. Y no se pongan demasiado patriotas, que los franceses tienen su pain perdu, los ingleses sus Poor Knights of Windsor y los portugueses sus rabanadas.
Al final, en todas partes cuecen habas... o fríen pan.
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