
Cuando el 28 de enero de 1844 Pantaleón Boné, junto a sus leales y las tropas afines al liberalismo progresista, comenzaron la revolución en Alicante, la ciudad se convirtió en el epicentro involuntario del descontento político que sacudía a la España de mediados del siglo XIX.
Aquel frío día de enero no supuso un levantamiento militar al uso, sino la eclosión de un profundo malestar contra las políticas del gobierno conservador del general Ramón María Narváez. La reciente caída de Baldomero Espartero y la declaración de la mayoría de edad de una joven Isabel II habían afianzado en el poder a la facción moderada, cercenando las libertades públicas y centralizando el poder en Madrid. Frente a este panorama, Alicante —históricamente proclive al ideario liberal y progresista— decidió no callar.
Pantaleón Boné, comandante de carabineros y militar de firmes convicciones progresistas, asumió el mando del alzamiento. Apoyado por la Milicia Nacional, jefes militares locales y una parte significativa del pueblo alicantino, se apoderó de los puntos clave de la ciudad. El Castillo de Santa Bárbara, imponente vigía sobre el Mediterráneo, y las murallas que rodeaban la urbe se transformaron rápidamente en la fortaleza defensiva de la recién proclamada Junta Gubernativa de la provincia.
Los insurgentes reclamaban el restablecimiento de la Constitución de 1837, la libertad de prensa, la restitución de la Milicia Nacional y el fin del autoritarismo moderado. Lo que en un principio pretendía ser una mecha que prendiera en todo el levante español y desencadenara un movimiento nacional, pronto quedó trágicamente aislado.
La respuesta del gobierno de Madrid fue inmediata y severa. Consciente del peligro que suponía una insurrección triunfante en una plaza fuerte y portuaria como Alicante, el Gobierno movilizó al ejército bajo las órdenes del general Federico Roncali.
A lo largo de todo el mes de febrero, Alicante sufrió un estrecho sitio por tierra y mar. A pesar del aislamiento, de la escasez de víveres y de la abrumadora superioridad numérica y de artillería de las tropas gubernamentales, Boné y sus hombres mantuvieron una resistencia encarnizada. El Castillo de Santa Bárbara se convirtió en el último bastión de una causa que se consumía a medida que los apoyos exteriores prometidos fallaban en otras provincias.
El desenlace de la rebelión fue devastador. A principios de marzo de 1844, la traición interna y el incesante bombardeo doblegaron la resistencia alicantina. Boné, herido y capturado, fue ejecutado sumariamente junto a sus principales oficiales el 8 de marzo en el Malecón (actual Explanada de España), tras haber sido fusilados días antes otros 24 partidarios en la vecina localidad de Villafranqueza.
El ajusticiamiento de Boné y sus compañeros convirtió a los sublevados en los «Mártires de la Libertad», una figura simbólica que marcaría la identidad política de Alicante durante décadas. Aquel 28 de enero de 1844 no solo arrancó una revuelta desesperada, sino que inscribió con sangre el nombre de la ciudad en las páginas de la historia de la lucha por los derechos y las libertades en España. Firmado: Generados por IA | 29/07/2026 - 11:25 | Generados por IA



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