Callosa de Segura se encuentra con el monte de una forma singular. Los parajes que surgen en ese punto, junto con la iglesia y el museo, son sus principales atractivos.
Callosa de Segura y su sierra son inherentes la una a la otra. Hay pueblos encaramados a una loma como un postizo y montes que sirven de pedestal a una aldea descosa de realce. Pero Callosa y su sierra -la Sierra de Callosa y su ciudad- están engarzadas la una a la otra.
Visto desde abajo, parece que las casas trepen como una hiedra por las laderas del barranco. Desde arriba, en cambio, desde la Ermita del Pilar, se diría más bien que Callosa se ha ido sedimentando en los márgenes de la rambla avenida tras avenida.
En la parte más alta está el Barrio Obrero, de un pintoresquismo singular. Un folleto municipal lo califica de «simpático»:
es un adjetivo inapelable.
Sus casas tienen un aire candoroso, como de Belén, pese a lo arisco del terreno. La calle, inviable sin una costosa canalización de las escorrentías, encara la sierra con una pendiente despiadada.
Arriba, en la Pilarica, hay un área de picnic y comienzan los senderos que llevan a lo más escarpado de la sierra.
Otra zona acondicionada para una comida campestre, con mesas y barbacoas, es la de la Cueva Ahumada, situada al final de otro barranco que baja de la sierra; se accede saliendo de Callosa por la carretera que va a Orihuela.
En esa simbiosis entre lo agreste y lo urbano, la Iglesia de San Martín sustenta el atractivo monumental de Callosa. Desde su construcción, en pleno auge de la Diócesis de Orihuela, el tiempo ha ido dejando constancia de la evolución de los gustos, el gótico de la fachada, el barroco de la cúpula, el neoclásico de la Capilla de la Comunión.
Pero su esencia -la grandiosidad civilizada de sus columnas, su atmósfera mesuradamente solemne- tiene todo el esplendor de un estilo renacentista nada usual por estos lares. El exuberante retablo del altar lo usaron como leña, los unos, en el 36 y, en un desmán concordante, los otros descargaron junto a la fachada una poderosa mole de mármol en memoria de sus caídos.
Desde la iglesia, emprendemos el ascenso al Santuario de San Roque atravesando la Callosa medieval.
En la calle Mayor y en la de la Cárcel encontramos los blasones que testifican la nobleza de algunas familias:
Los Trives, los Pérez de Meca. En general, las casas ofrecen un aspecto muy remozado y el trazado de las calles -más cristiano que moro, de pendientes leves y moderada sinuosidad- es lo más añejo que se conserva.
Tras un breve paseo, alcanzamos el punto más prominente de la ciudad. Ya en el santuario, los tejados quedan a nuestros pies y preceden a una portentosa panorámica de la Vega Baja.
Lejos aún de la cumbre e incluso del castillo, prácticamente inaccesible, la Sierra de Callosa muestra desde aquí su poderío de coloso que domina la llanura inmutable de la huerta.
Aunque ha desaparecido por completo del paisaje, el cáñamo -su cultivo y manufactura- fue la clave en la historia de Callosa hasta los años sesenta, cuando las fábricas de hilados y de redes para la pesca, que aún suministran a toda España, pasaron a proveerse de fibras sintéticas. Elproceso del cáñamo y los artilugios con que se trabajaba se exponen, junto a otros aspectos de la etnología local, en una de las salas del atractivo Museo Municipal, saliendo de Callosa hacia Rafal.
Una segunda sala muestra una colección de arqueología parca en explicaciones. Nos llama la atención la singular serie de pequeñas piedras de moler semiocultas, sin rótulo alguno, en la parte inferior de cada una de las vitrinas.
En la tercera sala se almacenan los fabulosos pasos de la Semana Santa callosina. Los campos de Callosa invitan también a la escapada, a perderse por sus veredas siguiendo acequias y azarbes, entre las teselas
de un mosaico compuesto por parcelas de coles, de naranjos, de alcachofas.
La simbiosis se prolonga: la rudeza de la sierra, la ciudad, la rusticidad amable de la huerta callosina.
Firmado: Lluís Ruiz Soler comunitatvalenciana 12/12/1999 Hoja del Lunes
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